La escultura comienza a diluirse en el vacío y a convertirse en espacio, no solo contemplativo o perceptivo, sino
un espacio activo que atraviesan los múltiples e intermitentes trazos de madera para después ser habitado.
En el límite justo entre el cuerpo y la luz, vibra el reflejo de lo incorpóreo, de la posible sombra,
de un posible dibujo en una nueva superficie. Decantándose infinitas oportunidades para convertirse
en mil formas, para poder transformarse en cualquier capricho de la atmósfera.
La mutación del cuerpo en sombra.
De la línea retorcida en luz.